Arlington
Miércoles, Marzo 19th, 2008

Todo el mundo ha estado en Arlington alguna vez. Es el cementerio que aparece en todas las películas norteamericanas que tienen algo que ver con guerras y soldados. La inmensidad de hierba surcada por hileras de lápidas blancas (una por persona) es un recurso potente para contar historias de lucha y heroísmo. Lo que no suele aparecer en las películas son otros rincones que redondean el significado de Arlington.
Uno de ellos es este campanario, en cuyo interior colocaron un carrillón regalado por los holandeses como agradecimiento a la intervención estadounidense en la II Guerra Mundial. Un poco más abajo, el memorial de Iwo Jima, sobre una peana en la que aparecen los nombres de los países con los que EE. UU. ha guerreado a lo largo de su historia. Es difícil echar alguno en falta. De vez en cuando aparece un grupo de abueletes con una corona de laurel y cintas; la apoyan en el monumento, se hacen unas fotos, se abrazan y se van, dejando allí la corona.
Pero lo gordo no es el asunto histórico, sino el más actual; los montoncitos de tierra recién removida y las flores frescas que siguen apareciendo hoy día, y que hablan de gente nacida en los ochenta y muerta en Irak o Afganistán.
Sus familiares se mezclan con los visitantes que se acercan a la lápida de Kennedy, impresionante por sobria, y los que aguardan al cambio de guardia ante la tumba del soldado desconocido. Fisgando un poco más allá es fácil pillar a los relevos esperando, sentados con el gaitero en unos sofás de terciopelo rojo, en medio de las tumbas.
En el “Centro del visitante”, una tienda de souvenirs y varias vitrinas conmemorativas. En una de ellas, junto a un uniforme de gala impecable, aparece la historia del oficial que tocó la corneta en las honras fúnebres de Kennedy. Cuenta que, nada más oír la noticia del atentado, corrió a cortarse el pelo y poner a punto su uniforme, porque sabía cuál iba a ser su función.