Acuarela y frase
Octubre 7th, 2008 by sonsoles
El dibujo es de Julia Pelletier y me gusta, sin más.
La frase la oí hace poco: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
Vale. Pero ¿y si no tienes planes?

El dibujo es de Julia Pelletier y me gusta, sin más.
La frase la oí hace poco: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.
Vale. Pero ¿y si no tienes planes?

De todas las excursiones que hicimos estando en el colegio, hay dos que recuerdo vivamente: una fue a Televisión Española y la otra, al Convento de la Encarnación, en Ávila. Nuestro recorrido por los platós del “ente público” es tema para otro día –como suculento adelanto, puedo contar que intervinimos en el programa de Mª Teresa Campos–, pero hoy me viene a cuento otra Teresa, la santa castellana.
La guía que enseñaba el convento empezó la visita pisando fuerte, y ya en el zaguán nos explicó que allí mismo fue donde Santa Teresa se vio, con sus baúles, después de dejar su casa para hacerse monja carmelita, y que sintió como si se le quebraran todos los huesos del cuerpo.
Para mí, ahí empezó y ahí terminó toda la perorata turísitica. Ni las habitaciones, ni las reliquias, ni los utensilios de cocina de la época… Nada me impresionó más que ese dolor de desarraigo y de nueva vida. Nunca se me fue de la cabeza –o del corazón– y me volvió de manera especial cuando vine a vivir a Pamplona, hace hoy exactamente ocho años. Yo no abandonaba el mundo para entrar en una clausura, mis dolores eran muy distintos, pero en mi pequeña escala, sabía que la santa me entendería.
Mi padre no pudo traerme, así que lo primero que hice al llegar a la residencia, casi sin deshacer las maletas, fue llamarle. “Tú tranquila. Si ves que aquello no te gusta, te vuelves”. Ninguno de los dos estábamos para exigencias ni rigores.
Andando el tiempo, nunca le pregunté cuándo terminaba ese plazo de prueba y quizá por eso, a pesar de que han pasado ocho años después de aquella conversación, vuelvo a preguntármelo ¿Me gusta esto? “Esto” ya no es lo que me encontré esa tarde de domingo, sino los avatares desde entonces, y los que asoman. Mira a ver qué haces. Mi padre también me decía: “Estáte a lo que estás”.

Ahí estaré, esta noche, lamentando el final de la fiesta, llorando por dentro, y quizá, también un poco por fuera. Cantaré “Pobre de mí” con lo que me queda de voz, porque entre encierros, encierrillos, almuerzos, toros, bailes y “momenticos” robados a la sensatez, caí enferma. Tres días fuera de juego. El termómetro vacilaba entre el 38 y un poco más allá, sin contar los grados de rabia por la faena.
En plena combustión febril, pasó por debajo de mi ventana una cuadrilla de amigos cantando “…no te vayas de Navarra…no te vayas de Pamplona…”.
Vale, no, no me voy. Al menos, mientras haya sanfermines.
La foto es de Daniel Ochoa de Olza.

Eran un matrimonio mayor, ella estaba enferma, y él la cuidaba. Dedicaba su vida a prepararle la comida, a bañarla, a arreglar la casa… Por las tardes salían al poyo de la calle y allí se quedaban, sentados, juntos. Todas las noches él extendía sobre la mesa de la cocina la colección de pastillas que tenía que tomar María y las iba ordenando según le había explicado el médico, por colores; media de las blancas, dos de las amarillas…
Llegó un momento en que las medicinas no bastaron, María empeoró y Severino pasó días y noches en el hospital, a su lado, a pesar de lo que le decían sus hijos. “Ellos no lo entienden, pero ¿dónde voy a ir yo, si ella está aquí?”. Cuando María murió, Severino iba al cementerio, para seguir hablando con ella. Y en ese cementerio, que es como de juguete porque es pequeño y porque no da miedo ni pena, pasaba el tiempo contándole las cosas igual que cuando estaban sentados en la calle, cerca de su casa.

F. tiene seis años. Va a un colegio de monjas y hace poco, una de ellas llamó por teléfono a sus padres. Quería pedirles permiso para que F. la acompañara un día a la semana a visitar a Y., un niño de su curso: “Falta mucho a clase porque en su familia tienen problemas. Como el niño no viene al colegio, voy a ir yo a su casa. Me gustaría llevarme a F. porque es de los pocos amigos que tiene”. A los padres les pareció bien y F. empezó a ir todas las semanas con sor C. a casa de Y. Van en el recreo de después de comer.
Uno de esos días, su padre le preguntó cómo había sido la visita. Estaban en la cocina, y F. se esmeraba en un dibujo de Indiana Jones.
- ¿Qué tal en casa de Y.?
- Bien. A su madre le ha gustado mucho la comida que les hemos llevado sor C. y yo.
- ¿Y cómo es que les habéis llevado comida?
- Porque tienen poca. Su padre está en la cárcel.
- ¿Y tú sabes por qué el padre de Y. está en la cárcel?
F. levantó la cabeza de su dibujo y miró a su padre
- Sí…porque mató a uno.
Se encogió de hombros y siguió coloreando. Su padre no sabía si llamar a la monja para echarle la bronca o darle las gracias.
Aquí van. Creo que hay unas normas; tienen que ser ¿cinco? cosas en cada lista, y dejarle el encargo a otras ¿cinco? personas, pero yo soy una bloguera irresponsable, así que pongo siete gustos y seis disgustos, y no paso el encargo a nadie. Bueno, sí, a todos; a todos los que lo lean y les apetezca seguirlo.
GUSTOS:
El campo: en invierno y en verano, el monte y el llano, el secano y el regadío, el pinar y el erial. Siempre.
Los perros: pequeños o grandes, con pedigrí o mil leches, de pelo corto o largo. Todos.
Las meriendas: galletas, tostadas, bollitos, chocolate (en tableta o con churros), nocilla, mantequilla con mermelada, tortitas, té, café, tartas, pasteles, las pastas… Soy galga sin remedio.
La playa: del sur o del norte (aunque en el Cantábrico haya que tomar el sol al revés), con olas o en calma, extensas o recogidas, con arena blanca, amarilla o gris. Me encanta.
Que me cuenten cosas: cara a cara o por teléfono, en un libro, por carta, en un periódico, en una película, o por mail. Estar al día.
Las casas: pequeñas, grandes, en el campo o en la ciudad. Suelo soñar con casas; antiguas, modernas, con jardín o con patio. Siempre, eso sí, limpias y luminosas.
El amanecer: con frío o templado. Mejor después de trasnochar que de madrugar.
DISGUSTOS
Las enfermedades: propias o ajenas. Cualquiera. Si, además, implican ir al médico, mal. Fatal.
La velocidad: desconfío de todo lo que va más rápido del paso humano; coches, aviones, el AVE, la montaña rusa… Para otros.
El deporte: desde que dejé el colegio (donde se me daba bastante bien) no he vuelto a correr ni para cruzar un semáforo. Es malo.
Los números: los pesos, las medidas, las fechas, las contraseñas… Se salvan los números de teléfono, que siempre llevan un nombre pegado.
Los numeritos: perder los papeles, fingir, gritar, los “impulsos” de destacar, de hacerse notar… Es que soy de letras.
La oscuridad: imposible dormir completamente a oscuras. Si en mitad de la noche me despierto y no veo nada de lo que tengo alrededor, ni sé dónde tengo los pies y dónde la cabeza, ¿cómo sé que no me he muerto?
La foto es de la pesquera de Villanueva de Duero. Mi “campo”.

Todo el mundo ha estado en Arlington alguna vez. Es el cementerio que aparece en todas las películas norteamericanas que tienen algo que ver con guerras y soldados. La inmensidad de hierba surcada por hileras de lápidas blancas (una por persona) es un recurso potente para contar historias de lucha y heroísmo. Lo que no suele aparecer en las películas son otros rincones que redondean el significado de Arlington.
Uno de ellos es este campanario, en cuyo interior colocaron un carrillón regalado por los holandeses como agradecimiento a la intervención estadounidense en la II Guerra Mundial. Un poco más abajo, el memorial de Iwo Jima, sobre una peana en la que aparecen los nombres de los países con los que EE. UU. ha guerreado a lo largo de su historia. Es difícil echar alguno en falta. De vez en cuando aparece un grupo de abueletes con una corona de laurel y cintas; la apoyan en el monumento, se hacen unas fotos, se abrazan y se van, dejando allí la corona.
Pero lo gordo no es el asunto histórico, sino el más actual; los montoncitos de tierra recién removida y las flores frescas que siguen apareciendo hoy día, y que hablan de gente nacida en los ochenta y muerta en Irak o Afganistán.
Sus familiares se mezclan con los visitantes que se acercan a la lápida de Kennedy, impresionante por sobria, y los que aguardan al cambio de guardia ante la tumba del soldado desconocido. Fisgando un poco más allá es fácil pillar a los relevos esperando, sentados con el gaitero en unos sofás de terciopelo rojo, en medio de las tumbas.
En el “Centro del visitante”, una tienda de souvenirs y varias vitrinas conmemorativas. En una de ellas, junto a un uniforme de gala impecable, aparece la historia del oficial que tocó la corneta en las honras fúnebres de Kennedy. Cuenta que, nada más oír la noticia del atentado, corrió a cortarse el pelo y poner a punto su uniforme, porque sabía cuál iba a ser su función.
Buscaba información sobre los cines digitales, la distribución vía satélite, y tal, cuando me encontré esta historia: hay una ong francesa que trabaja en Mali, Burkina Faso, Níger y Benín. Llegan en furgoneta a un poblado perdido, montan una pantalla blanca y un proyector y esperan a que se haga de noche. Entonces empieza la función; películas africanas y documentales sobre salud y educación.
Como las películas no están dobladas, hay uno que, micrófono en mano, va reproduciendo los diálogos y explicando la trama a los demás. Desde que se monta la pantalla hasta que se pone el sol el ambiente se va animando, colocan telas en el suelo donde van a sentarse, cantan y echan una mano en la preparación del tinglado.
Así que llevo toda la tarde dándole vueltas al asunto; si me encontrase a alguien que me dijera: “Vente a Burkina Faso con un cine ambulante” ¿qué?
La foto está sacada de la web http://www.c-n-a.org/
A este blog le sobra, de entrada, la publicidad, pero para quitarla tendría que pagar, y paso. Lo que no le va a faltar son buenos enlaces. Por ahora, quince.
El de AnaCó es el primero; el primer blog que leí y ella, la primera persona conocida que encontré en Pamplona. Por aquellos tiempos soñaba (soñábamos) con dedicarse a la crítica taurina. Hoy es poeta, periodista, y filósofa… Y su nombre empieza por “A”. Perfecto para encabezar una lista.
Desde su blog llegué al de Rocío, a la que dimos “asilo poético” en septiembre. En esos días nos reímos mucho, dormimos poco, ella ponía el remate de su tesis, y yo los cimientos de la mía.
Gracias a Rocío conocí a Cristina, que apareció un día en Pamplona como un hada madrina, serena en mitad del jaleo y con dos regalos para mí. También gracias a Rocío empecé a entrar en el “cuaderno” de Carlos, un poco clandestinamente, porque él no me conoce.
Luego están mis profesores: MAJ me dio clase en cuarto y una oportunidad que me cambió la vida. Resulta que su blog, al alimón con Txema, ¡¡se inaugura hoy!!
Pacotto me hacía entregar los reportajes con tres títulos, por quejarme. Yo entro en su blog, fundamentalmente, a escuchar a Onofre, y a botar/votar personajes para el cohete de nunca volver. Su columna de la derecha es de lo mejorcito de la blogosfera.
Con Ander saqué muchos ochos, y más que nada, muchas ganas de escribir bien.
Paco Sánchez no llegó a ser profesor mío, pero como si lo fuera. Su sombra es alargada. En su blog, recién estrenado, enlaza mejor que nadie al blog de Peter, un hombre bueno al que se le echa de menos.
Tampoco fui alumna de Josean, pero escuchando a los que sí lo son, aprendo bastante.
Javier no quería darle publicidad a su blog, pero otros ya lo han hecho por mí. ¡Es que es muy bueno! En lo demás, procuro obedecerle y hacer caso a todo lo que me dice.
Benita fue de las primeras en comentar en este blog, el suyo es perfecto para estar al tanto de la vida real. Además, me encanta su nombre.
Marta también anduvo por aquí bien pronto. Como está en Alemania, da un toque internacional al asunto.
Otro pionero fue el pianista; estoy enganchada a su “güep” desde que leí la historia del francotirador. Y el pionero más pionero fue Néstor, abogado, manchego y buena gente.
Me quedo más tranquila sabiendo que quien caiga por aquí, si lo encuentra un poco flojo, tiene buenos sitios donde ir a parar.

Esta imagen resume mi idea de paraíso terrenal, más bien, marino. No se me ocurre un sitio mejor: cómodo, limpio y abierto al mar. Pero lo mejor de la fotografía es saber que esta terraza la diseñó un arquitecto mexicano que había sobrevivido a un secuestro de nueve meses encerrado en un zulo de tres metros cuadrados.
Su historia es lo suficientemente impactante para que la conozca mucha gente, él la cuenta por si a alguien le ayuda. El día que le entrevistamos había dormido poco, intentaba disimular los bostezos, y entre otras cosas, nos contó esto:
“Durante unos cinco años después del secuestro soñaba mucho. A lo mejor en mitad de la noche trataba de tocar las paredes del zulo, extendía los brazos y entonces me despertaba: “Ya no, ya no, ya estoy fuera”. Sin embargo, mientras estaba secuestrado, mis sueños eran mis escapes. Soñaba que iba a ver a Gabi, mi mujer, que durante el sueño estaba con ella, y después le decía: “Reina, ya me tengo que ir, porque tengo que despertar” “¿Pero adónde te vas? Ya estás conmigo” “No, es que ya voy a despertar”. Y soñaba de vacaciones, con mis hijos, en la playa, que iba con ellos, que estaba en mi casa… Y luego, con angustia, les decía “Ya me tengo que ir” “Pero ¿por qué?” “Porque este es mi sueño de libertad, pero yo me voy a despertar y me regreso”. Y despertaba. Así que cuando salí del secuestro, no me gustaba ir a dormir, porque me daba miedo estar soñando y volver a despertarme en el zulo”.